Nuestro cerebro bajo el Coronavirus

por Robert M. Sapolsky

traducción de Ulla Rothschuh

Robert M. Sapolsky es neurobiólogo, actualmente profesor en la universidad de Stanford. Ha realizado investigaciones en neurocirugía, comportamiento y ciencias de la vida. Ha recibido múltiples premios y reconocimientos, como la beca McArthur , la beca de los genios.

La vida está llena de decisiones. ¿Detenerse a ayudar a esa persona? ¿Comprar esa casa? ¿Vender esos calcetines? ¿Saber cómo se siente bajar por las cascadas del Niágara en un barril? Constantemente sopesamos costos y beneficios con experimentos mentales para imaginar cuáles serían las consecuencias de diferentes decisiones, y experimentos emocionales para imaginar cómo se sentirían diferentes resultados. Todo para que cuando lleguemos a una de esas coyunturas, no estaremos acechados por haber elegido la opción equivocada entre Coca Cola o Pepsi.

El coronavirus nos ha situado frente a  más coyunturas consecuenciales que demandan cientos de decisiones importantes. Y esto hace relevante a un factor neurobiológico crucial—durante tiempos de estrés, tendemos a tomar malas decisiones.

La gente suele pensar en las partes del cerebro que se especializan en la cognición y racionamiento (el córtex), y las partes que median las emociones (el sistema límbico), como departamentos completamente separados. Eso es totalmente erróneo. Por el contrario, existe ilimitada comunicación cruzada entre las dos regiones. La versión sencilla de esto es que tu córtex regula a tu sistema límbico- imagina a tu córtex racional y sensible corriendo a intimidar al sistema límbico, “si yo fuera tú, no haría eso”, esperando convencerlo de no hacer algo estúpido. Pero resulta que el sistema límbico influencia al córtex también.

No es que tengamos que actuar a la Señor Spock, lamentando cómo estaríamos mejor sin nuestra toma de decisiones si nuestras emociones no estuvieran relacionadas. Daña la habilidad del sistema límbico de hablarle al córtex y tendrás lo que universalmente vemos como malas decisiones. Las personas con daño cerebral rara vez pueden tomar decisiones, careciendo de presentimientos. Añadido a esto, sus decisiones son irreconociblemente utilitarias; no tienen conflicto emocional en escoger el sacrificar la vida de un extraño (o, de igual manera, a un ser querido) para salvar a otros cinco. Este es alguien que, cuando es presentado a un extraño, diría, “un gusto conocerte, veo que estás realmente pasado de peso”. En otras palabras, cuando se trata de tomar decisiones, el acto de balancear entre cognición y emoción es bastante complejo.

Entonces, ¿qué pasa cuando se presenta algo estresante como una pandemia viral? Normalmente, nos sentimos estresados (y estamos más en riesgo de enfermedades relacionadas con estrés),  si perdemos el control lo que, predeciblemente, desemboca en nuestras frustraciones, o apoyo social. Nuestra crisis presente evoca a todo esto. Gracias a mentiras, contradicciones y falta de transparencia por parte de la Casa Blanca, es claro que estamos obteniendo información crítica- como la afirmación de Trump “todo el que quiera una prueba puede tenerla”—eso no es cierto. Los expertos médicos más informados han tenido que responder repetidamente preguntas con el inquietante hecho, “todavía no lo sabemos.” Y en este momento, cuando más necesitamos apoyo social, la frase más importante ahora es “distanciamiento social”.

Aún así, estamos estresados como nunca y aquí es precisamente cuando las decisiones se vuelven malas. Esto es entendido a  nivel de maquinaria en el cerebro. La parte cerebral de tu córtex con más toma de decisiones racionales es el pre frontal (PFC), mientras que la parte más emocional de tu sistema límbico es posiblemente la amígdala cerebral, una región central al miedo, ansiedad y agresión. Durante estrés prolongado, los glucocorticoides, un tipo de hormonas de estrés, causan que el PFC se vuelva lento, menos capaz de enviar señales de “no hagamos algo apresurado” a la amígdala. Mientras tanto, esas mismas señales de estrés hacen a la amígdala más activa, dominando al PFC y a su proceso de toma de decisiones.

Investigaciones extensas han explorado las consecuencias de esta neurobiología sesgada, demostrando que el estrés distorsiona nuestras decisiones en maneras consistentes. Una, es que nos convertimos más impulsivos y con menos reflexión (un patrón mostrado también en monos). Terminamos teniendo visión túnel cuando se trata de tomar decisiones y se vuelve más difícil considerar factores extraños que realmente no son tan raros, o con más dificultad para factorizar las futuras consecuencias en consideraciones presentes.

Otra consecuencia bien entendida es que nuestras decisiones se vuelven más habituales y automáticas. Recaemos en una solución usual, y en lugar de intentar algo nuevo cuando no funciona, el impulso es quedarse con lo usual, pero de manera más repetitiva, ruidosa, o rápida, asumiendo que debe funcionar en algún punto.

Hay cambios sociales desagradables también cuando estamos estresados. Somos más propensos a lidiar con la frustación usando una solución común entre primates— desquitarse con alguien más pequeño. Somos más propensos a percbir estímulos neutros como amenazantes, e individuos con tendencia a la violencia lo hacen aún más. Y nuestra toma de decisiones se reduce en otro sentido, en el que reducimos nuestro círculo que cuenta como “nosotros”, hacia quién merece empatía y consideración. Nuestras decisiones morales se vuelven más egoístas.

Entre estas tendencias neurobiológicas, cada uno se enfrente a decisiones clave durante esta pandemia. ¿Debo reaccionar como si todos fueran a morir? ¿Debo correr como una gallina sin cabeza para salir a comprar y acumular tres años de hilo dental? ¿Estoy dispuesto a hacer cambios radicales y positivos en mi vida por el bien común? ¿Voy a caer por un rumor, y rápidamente pasarlo, o sucumbir a la tentación de chivos expiatorios en medio de la angustia?

Encaramos estos retos en el peor de los tiempos. Por tres años, hemos tenido a un líder que desacredita hechos no agradables como falsos. El presidente de los Estados Unidos es alguien que se glorifica en orgullosa ignorancia, y rechaza el reporte de la Organización Mundial de la Salud sobre la proporción de muertes por coronavirus diciendo, “creo que el 3.4% es realmente un número falso- y esa es mi corazonada”. Ha hecho del narcisisismo y egoísmo una virtud. Y ha sustituído la decencia con un sistema moral que reflectivamente tiene como blanco a los débiles y vulnerables. Es un líder que ha convertido los desbalances más destructivos entre el sistema límbico y el córtex en una agenda nacional.

No podemos cambiar los mecanismos básicos de nuestro cerebro estresado. Pero podemos estar en guardia contra las peores tendencias que nuestro cerebro genera en tales momentos. Debemos.

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